Actividades

Columna publicada en el diario El Mercurio por David Gallagher,
director del CCRI
(viernes 17 de febrero de 2017)

Incertidumbre radical

"King cree además que el exceso de apalancamiento que padecía la banca hacia 2007 tenía como agravante la desmedida fe que había en la ponderación de sus activos por riesgo...".

Es refrescante oír a un extranjero de visita en el país, sobre todo si tiene el calibre de un Mervyn King, quien le habló esta semana al Consejo Chileno de Relaciones Internacionales. Prestigiado Gobernador del Banco de Inglaterra de 2003 a 2013, King publicó el año pasado "El fin de la alquimia". Es un gran libro y ya está traducido al español. En él, King recorre las causas de la crisis de 2008. También sugiere medidas para evitar que se repita, tras demostrar que los desequilibrios que la provocaron no han sido enteramente subsanados.

Las causas de la crisis son, según King, múltiples. La complacencia que se acumuló tras 20 años de estabilidad. La dificultad de los jóvenes para aprender del pasado, producto, dice King, de que no se imaginaban que les pudiera pasar lo que les pasó a señores tan ridículos que vestían sombreros de copa. Excesiva desregulación financiera, no solo la activa como la ley Gramm-Leach-Bliley de 1999, sino la pasiva: la autoridad no se hacía debido cargo de instrumentos financieros nuevos, y una enorme "banca en la sombra" crecía al lado de la regulada.

King cree además que el exceso de apalancamiento que padecía la banca hacia 2007 tenía como agravante la desmedida fe que había en la ponderación de sus activos por riesgo. Es que activos que parecen seguros -por ejemplo, créditos hipotecarios- pueden volverse muy riesgosos, dejando de ameritar el apalancamiento que parecían poder soportar. Así fue que cayó un banco como Halifax, que se creía muy sólido dada su cartera hipotecaria, pero que terminó cayendo justo por ella. Por otro lado, King cree que había -y que todavía hay- desequilibrios insostenibles en el mundo, debido a los grandes excesos tanto de ahorro como de deuda en diversos países e instituciones. También cree King -es la idea estrella del libro- que no da para más la "alquimia" que genera la banca, en que depósitos a la vista son convertidos en activos ilíquidos de largo plazo. El descalce supone grados de confianza que tarde o temprano se esfuman.

King propone que de frentón se elimine esta "alquimia". ¿Cómo? Los bancos privados negociarían con su Banco Central el descuento al que éste les compraría activos en el futuro, para que éstos tuvieran liquidez futura garantizada. ¿Cuántos activos? Los necesarios para que los activos líquidos de cada banco excedieran sus pasivos líquidos. King propone que de allí se norme una relación de apalancamiento simple, fácil de entender, sin ponderaciones por riesgo. Con esas medidas, ya no habría corridas bancarias; y ya no serían necesarias esas regulaciones complejísimas como las de la ley Dodd-Frank de 2010, que con sus 2.300 páginas tiene a los bancos dedicados -inútilmente- a tratar de cumplir con interminable letra chica, siendo que ésta jamás podría cubrir las infinitas novedades que brotan en los mercados reales.

Mirando el futuro, King cree que la expansión monetaria ya no da para más, y piensa que es difícil que los desequilibrios que todavía persisten en el mundo se saneen sin tasas de intereses positivas. Es además muy escéptico de que tipos de cambio fijos puedan subsistir entre naciones con distintos objetivos políticos. Es bastante lapidario, por tanto, sobre el euro.

Un último tema, central en el libro, es el de la "incertidumbre radical" que, según King, prevalece en los mercados, y frente a la cual los modelos matemáticos tienden tarde o temprano a sucumbir. De allí que quepa siempre utilizar estos modelos con escepticismo. Desde que King escribiera el libro, ganaron Brexit y Trump, vindicando su concepto de incertidumbre radical. Con razón para él ser economista o presidir un Banco Central son oficios que parecen tener tanto o más de arte que de ciencia.